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Guansaponatáin

Anécdotas

El césped del Azteca

El césped del Azteca

Corríamos sobre los lirios enmarañados, tras un balón, imaginando que jugábamos futbol sobre el césped verde y plano del Estadio Azteca. Era 1986.

El día que lo descubrimos fue cuando pasamos los límites de la “frontera de peligro” que nos habían marcado nuestros padres. Salimos de la zona de casas y caminamos entre matorrales y hierba alta, abriendo paso como exploradores en la selva; quitábamos un matorral de nuestro camino, enseguida algo que parecía pasto gigante y que a algunos de mis amigos tapaba por completo. A mí no. Yo era el más alto. Seguimos avanzando y llegamos. Ante nuestros ojos se desveló el lago de Texcoco, o lo que quedaba de él. Sabíamos que era el lago, pero no vimos agua, vimos un enorme campo de futbol. Entramos precavidos, pisando verde, hierba que ahora recuerdo entrelazada como si cientos de manos las hubieran unido como cuando se teje el petate. Corríamos y brincábamos por todos lados. Gritando alegres. Entonces comenzaba la marea, y surfeábamos sobre pasto, las olas nos aventaban al cielo y aterrizábamos sobre otra y otra ola. La diversión no se acababa.

Sólo había un detalle, no debíamos quedarnos quietos porque los pies comenzaban el descenso a lo zona oscura del lago, a lo profundo. Nunca medimos la profundidad, pudimos hacerlo con una vara pero no quisimos, aunque para lograr esas olas, tenía que ser considerable. Entonces correr era la diversión… y la supervivencia.

Fuimos pocas veces, porque nos dijeron que unos niños se quedaron quietos; no corrieron ni brincaron, y se los trago el pantano de Texcoco. Nunca supimos si fue cierto o no (probablemente sí), pero funcionó para alejarnos. Ahora, después de más de treinta años, recuerdo la imagen que tuve cuando quité la hierba y miré en dirección al Sol, que iluminaba la cancha del Azteca, verde, plana y brillante, toda para nosotros.

 

Existe mucha discusión por las condiciones del terreno. Ya saben, aeropuertos y esas cosas. Que si ya se secó, que si es terreno fangoso, que si es pantano.

A veces vuelvo a pasar por ahí y le echo ojo a ese “lago”. Ahí está. Ahí sigue.

El penúltimo

El penúltimo

Revisé el trabajo. Verifiqué que todo estuviera correcto.

Se lo pasé a Hortensia porque la jefa pidió que también lo revisara ella.

Horte, bien enojada, supongo que por algo que le pasó, no sé qué; una discusión de trabajo, o algo, me dice mirándome feísimo.

-Yo no sé para que tanta revisión, si de un pendejo pasa a que lo revise otro pendejo, y otro pendejo, y otro pendejo y otro pendejo, y al final la pendeja.

¡Ah cabrón!

Sí, claro. Yo soy el penúltimo.

El asesinato

El asesinato

Más o menos 8:40 am, no me fijé bien, pero por caprichos de mi estómago a esas horas salgo del trabajo a la tienda para comprar un pan que me aplaque la tripa. Me ofrecí a traerles algo a mis compañeros, sólo Juan José me encargó unas barritas. Me dio cinco pesos.

Ya en la tienda descubrí que las Barritas cuestan nueve pesos, le tomé una foto al baner (se trata de un juego entre ambos) para demostrarle a mi amigo el precio; en ese momento escuché la descarga. Creí contar 6 balazos, la dueña de la tienda dijo después que cuatro. No lo sé. Ella estaba afuera y vio gran parte del movimiento.

A media calle hay un kinder y estaban llegando las personas a dejar a sus hijos. Una camioneta verde, vieja, llegó, se estacionó frente a la escuela y el conductor fue asesinado a quemarropa. El primer tiro destrozó el cristal del piloto y los demás fueron a parar a su cuerpo. La calle estaba llena de gente llevando a sus niños al jardín. Por increíble que parezca nadie vio al asesino. La dueña de la tienda, espantada le gritó a su marido, en ese momento atendiéndome, que saliera a buscar a su papá porque estaba en el kinder. Él salió, lento, con precaución por supuesto. Todos los demás salimos detrás.

Vi caos en la calle. Mujeres que ya habían dejado a sus niños regresaban corriendo y gritando. Personas mirando a todos lados, desorientados. La tendera nos dijo que le habían disparado al de la camioneta y fijé mi atención ahí. Un hombre se acercó al vehículo y corrió a la puerta contraria. Dio toda la vuelta para sacar a la niña que estaba sentada en el asiento del copiloto, después la metió a la escuela, cargándola. La niña, de unos cinco años, estaba en shock.

Fui, el morbo me movió, descubrí que el hombre baleado se llamaba Juan. Vi que le sangraba el oído, pero no me acerqué más. Se movía muy poco. Todavía estaba vivo.

-¡Juan! Todavía está vivo. ¡Juan!- Lloraba una mujer en la entrada de la escuela que vio lo mismo que yo. Otras la abrazaban. Se escuchó que alguien pidió llamar una ambulancia, nadie le hizo caso. Otros documentaban en video con sus teléfonos. Se empezó a detener el caos de hormiguero y los mirones rodearon la camioneta a distancia. Yo miraba de más atrás. Nadie se acercó.

Se escuchó la primera sirena de policía y la gente retrocedió aún más.

Suficiente. Yo me retiré. Miré llegar la primera patrulla mientras me alejaba, me encontré a otra en el camino, fue todo para mí. Debía trabajar.

Alguien murió hoy con violencia, como todos los días, pero esta vez me tocó verlo a mí.

Para abordar un taxi

Para abordar un taxi

La lluvia hace caos y el caos repercute en el humor de los capitalinos; en este caso capitalinas.

Salí del metro a las 8pm, que es la hora en la que debo entrar a trabajar, obvio iba tarde, y supongo que muchas personas más también.

Saliendo de la estación un ejército de mujeres corre (según ellas, porque yo caminando voy a su misma velocidad) a ganar taxi, había tres unidades formadas que fueron abordados por “las más rápidas”, y detrás llegó otro taxi, justo en ese momento; una señora como de 40 años le hizo la parada y una muchacha dejó que la señora abriera la puerta, y al más puro estilo newyorkino le dio tremendo empujón con el brazo, le dijo algo que no alcancé a escuchar y se metió al taxi.

La señora se sacó mucho de onda, se quedó asimilando un instante lo que había pasado, y ya cuando se le iba la "dama educada" que le ganó el transporte, reaccionó y le aventó la puerta antes que terminara de subir, apachurrándole el tobillo. Se dieron a gritos una serie de buenos deseos (aunque no estamos en Navidad) y cada quien a lo suyo.

En el crucero

En el crucero

Es de que l’otro día iba por a’i por San AnJelipe de Jesús, y en un semáforo, (exactamente ahí en esa esquina donde está la señora de la foto), pus que me agarra el alto.
Eso me cae re gordo porque, ya sabes, luego luego los limpiaparabrisas, hombres plateados, payasitos de crucero y de más cultura pupular se abalanzan sobre el cofre de tu coche. 
Y tú, en la distracción del espectáculo circense no te das cuenta que ya tienes pegados al parabrisas cual pez limpiapeceras a mínimo dos monos enjabonando el cristal.
¿Por qué no nos damos cuenta que ya nos cayeron encima?
Porque a través de los años han desarrollado una técnica; antes se ponía el alto y salían de la esquina eligiendo su mejor opción, según modelo de auto. Pero como todos les decimos que no, pues ahora te caen por atrás, cual chineros, a velocidades sorprendentes. De pronto ya está todo enjabondo tu parabrisas y medallón, todo al mismo tiempo.


Bueno, regreso a la esquina de la San Felipe. 
Se puso el alto y quedé en primera fila.
Miré por el retrovisor para que no me cayeran.
No había ninguno y me teanquilicé.
Miré para el frente.
¡Noooooooo!
En cámara lenta venía un limpiaparabrisas. Pero no era de los plus, era de los más humildes, porque su botella de jabón ni siquiera era de Coca Cola, y en lugar de jalador de hule traía un pedazo de toalla, y además bien percudida.
Y yo, no es que lo viera en cuadro por cuadro, no, es que estaba tan drogado que venía hacia mí con movimientos de cámara phantom.
Le empecé a decir que no, pero nomás me sonrió y siguió hacia nosotros (yo venía con toda mi familia), repetí el no varias veces con ruegos y con la típica seña de negación, con la palma de frente, dedo índice extendido y moviminetos de izquierda a derecha. Nomás me volvió a sonreír. 
Aplicó casi nada de jabón al vidrio y con su toallita hizo embarradero de mugre (de la que ya traía en su trapo)
Le volví a decir que no, acompañado de carcajadas de hijos y esposa. Me volvió a sonreír, y como ya estaba inclinado sobre el auto, se le escurrió la baba a través de su simpática mueca, cayó en el cristal, también en cámara lenta, tan lenta, que hubiera podido sacar la mano y cachar la espesa saliba, pero preferí que cayera en el parabrisas.
Todos estaban a carcajadas, incluido el motito, animado por la alegría de mi familia. Medio pasó su toalla por dónde estaba la baba, pero me dejó todo embarrado de saliba espumosa.
Yo también me reí, me hizo reír y hasta me vi generoso y le di la máxima cuota que me permito para estás ocasiones.
¡Le di cinco pesotes!

¡Ándele! Por buena onda

¡Ándele! Por buena onda

Iñaki, mi hijo de cinco años de edad estaba comiendo papas adobadas y con todos, todos los dedos llenos de chilito, le dice a Katia, chúpale.
-No qué. Fue la respuesta de ella e Iñaki nomás se quedó con la mano extendida. Sentí feo y le dije que yo se los chupaba.
Guátafoc!
Pura pinche mugre comí.
Eso me pasa por andar de papá buena onda.

Alegoría lingüística

Alegoría lingüística

¡El metro! ¡El metro! ¡Ah, que maravillosa fuente de anécdotas!

Resulta que yo iba muy tranquilo, sin molestar a nadie, escuchando música, cuando vi que el chavo que estaba frente a mí estiró el pescuezo para mirar mejor. Y me dije. ¡Pelea!

Me quité los audífonos y voltee a ver la bronca. Un chamaco que venía con una señora pachoncita estaban discutiendo con un tipo alto, aún más pachoncito, más, más pachón, o sea, bien pachón pues. La bronca se debía a que según el muchacho, el señor venía recargando todo su peso en ellos, ¿pero cómo no?, si veníamos todos apretujados. Bueno, de frase en frase se encanijó la señora y abrió la boca para soltar uno de los estilos de lenguaje vulgo más florido que haya escuchado.

El hombre aguantó los ataques de la “seño” (que lo llamaba “reina”) justificando la situación por la falta de espacio, así que finalmente, y después de un rato de alegoría lingüística, ella soltó con un tono de “se acabó la discusión” esta perorata:

-Mira reina, pásate para acá, acá hay espacio; aquí cabe bien tu panzota, tus huevos, y tu cara de pendejo.

Yo, la verdad, me reí, y no fui el único, estuvo bastante original la frasecita, ¡bueno!, casi le empiezo a organizar la ola para festejar el golazo.

El señor pachón se puso mega rojo y se le quedó mirando con harto odio, esperó un momento, supongo maquinando su respuesta o equilibrando las consecuencias de decirla ¡y que la suelta! 

La verdad, no me la esperaba porque no había dicho ni una sola grosería a pesar de los ataques femeninos.

Le dijo, con los dientes apretados - No sé sin con esa sucia boquita coma, pero ojalá que con esa sucia boquita mame.

¡Sopas! Silencio total.

Lo más extraño

Lo más extraño

Dice mi mamá que cuando era bebé adoraba a Topo Gigio. Nada más era cosa de que apareciera en la tele, me emocionaba y gritaba "Poyoyo".

Tenía 6 años más o menos, fuimos a Acapulco mi familia y la familia de mi tía Isabel, hermana de mi mamá, yo estaba emocionado, era la primera vez que viajaba en avión y había sido emocionante, recuerdo que comparé las instalaciones del Aeropuerto de la Ciudad de México y las de Acapulco, me sorprendió la diferencia, esperaba algo similar y no fue así, era un lugar pequeño y descolorido, pero eso sí, atiborrado de gente.

Miré todo al rededor, sentía el calor y la humedad, para esa edad únicamente sabía que era una sensación nueva y buena, olía a verde. Seguía mirando las instalaciones y al mundo de gente, de pronto me di cuenta que estaba solo, no veía a ningún familiar cerca de mí, miraba a través de las personas y buscaba, entonces se me acercó un hombre alto, no muy grande pero sí canoso, tendría unos 45 años, caminó entre la multitud, se detuvo frente a mí, lo vi enorme, me observó entrecerrando los ojos y me dijo -toma niño.

Me dio un Topo Gigio como de treinta centímetro montado en una bicicleta de latón y se alejó, me le quedé mirando impresionado mientras se alejaba, ya no volteó. Lo miré hasta que la gente me impidió localizarlo, en ese momento volví la vista al juguete. Después mi tío Miguel me tomo por la espalda, del hombro, y me llevó con la familia. Les conté lo que había pasado, mi tío y mi papá estiraron sus cuellos, buscando, algo preocupados, mientras los restantes examinaban al ratón. Yo nada más estaba confundido.

No sé si se dio cuenta que yo estaba perdido, creo que no, creo que él era el más perdido de los dos.

La pregunta incómoda

La pregunta incómoda

Veníamos de ensayo de pastorela, y Sebastián nos expresaba con algo de preocupación que no sabía qué taller iba a elegir en la secundaria, ahora que está a una semana de iniciar clases.

Nos dijo -Es que no sé qué hacer, hay electricidad, herrería, dibujo técnico...- y etcétera, etcétera; así venía moliéndose los sesos cuando de pronto, con la convicción de que la experiencia de vida de sus padres podría aportarle una buena solución nos pidió nuestra opinión.

-¿Qué escojo?

Y obvio Katia y yo respondimos de inmediato para apoyar a nuestro hijo a aclarar su mente.

Yo contesté en chinga -Es un señor que no tiene una piernita y que renquea al caminar, porque por lo regular le ponen una pata de palo como a los piratas.

Katia, más técnica, dijo, encimándose en mi respuesta -Es un hombre al que le falta una extremidad inferior, o sea, una pierna, y que se puede apoyar en muletas para andar.

Entonces, como hablamos al mimo tiempo, no alcanzó a captar ni mi idea ni la de ella (aunque eran muy similares, la verdad). Se quedó cayado, pensando, y después nos volvió a meter en su plática.

-Es que no sé que escoger.

¡¿...?!

Sabía que pronto llegaría el día en que tendríamos que hablar de este tema.

Pesadilla

Pesadilla

Soñé…

La construcción es vieja, cuadrada en todo, habitaciones, ventanas, puertas, con los muros llenos de salitre que acrecentan la sensación de antigüedad, ambiente húmedo; es la casa de mis abuelos, la reconozco por completo, pero con un aire colonial, como si la construcción se hubiera diseñado en el siglo XVI.

Yo miraba la televisión que recuerdo de mi infancia, enorme, parecida a lo que hoy es un tocador, pero sin luna, pantalla circular, abombada, de bulbos, con la protección de las bocinas tejidas como artesanía y una tela dorada, que disfrutaba perforando con mis dedos cuando apenas tenía cinco años. La miraba hoy, treintañero ya, a color, en el canal TNT. Mis hijos y sobrinos jugaban en el cuarto contiguo a donde yo estaba, que era el de mis abuelos cuando vivían.

Salieron corriendo despavoridos y entre gritos de papá y tío me decían que había fantasmas en la recámara, a mí me dio risa, porque recordé mi propia infancia, donde convertía cualquier lugar oscuro en guarida de demonios e influido por “La dimensión desconocida” tenía sufrimiento nocturno por el miedo a cerrar los ojos. Les expliqué que esa había sido alguna vez la recámara de mis abuelos, y que no existían los fantasmas. Más tranquilos, pero no confiados, se fueron a jugar al patio.

Seguí viendo la tele y cuando ya estaba de nuevo metido en la película, vi que algo pequeño se asomó por la parte baja de la puerta, me distrajo pero lo ignoré y seguí en lo mío. Volvió a ocurrir, asomó la cabeza, era un bebé, me desconcertó. ¿De dónde salió ese niño? No había modo. Se detuvo un momento y me miró, de ahí en adelante no quitó sus ojos de mí. Avanzó, su movimiento era extraño, pronto lo descubrí, los huesos de sus brazos y piernas estaban rotos pero lo sostenían a gatas y le daban un aspecto arácnido, sus movimientos de pronto se volvieron rápidos, grotescos. Avanzó más, no hacia mí, sino a la puerta, pero sin dejar de mirarme con los ojos bien abiertos, me levanté por impulso del sillón en el que estaba y regresó rapidísimo, en reversa, por donde había entrado.

¿Por qué los protagonistas de las películas de terror en lugar de salir corriendo y nunca jamás regresar, van a investigar qué es lo que está pasando? ¿Alguien sabe? Una respuesta común es que se acabaría la película y adiós historia; bien, pues aquí me pasó lo que siempre he discutido como ilógico, fui a ver a donde se había metido el niño, igual que en el cine. ¡Y tenía miedo! ¡Claro que sí! Si los sueños uno los vive intensamente, sean el género que sean.

Entré a la recámara y la recorrí con la mirada, la primera opción que se me ocurrió fue mirar debajo de la cama, y no erré. Con un hueco en el estómago me agaché y miré poco a poco, había dos bultos envueltos en alfombras viejas color carmesí, podridas ya; con mucho esfuerzo saqué el más grande, lo arrastré hasta el patio y fue cuando llamé a mis tíos, los hermanos de mi mamá. Les conté lo del bebé y el hallazgo, desenrollamos la alfombra y descubrimos a una mujer seca, como momia, gris, con la expresión de un grito eterno y alargado. La mandíbula le daba hasta el pecho y el hueco de la boca era un hoyo estirado y negro. Me mandaron por una persona, oí su nombre, pero era información nebulosa en mi cabeza, era una mancha emborronada en una hoja de mi mente, aún así sabía que tenía que salir por esa persona, fui a la habitación donde miraba la televisión, ahí había dejado las llaves del coche pero no las encontraba, escuché que discutían afuera lo que había que hacer y murmullos que se aproximaban, cuando por fin las hallé me encontré con todos llevando de regreso el cadáver ya envuelto nuevamente en la alfombra, entre opiniones de unos y otros se hizo bullicio y se les resbaló el cadáver, yo estaba recargado en el quicio de la puerta y cayó resbalando por mis piernas hasta mis pies, al momento de tocar el piso interior de la casa, la alfombra enrollada comenzó a moverse como serpiente tratando de regresar al sitio de donde la había sacado, pero estaba yo en su camino y le estorbaba, me empujaba y trataba de pasar por mis pies, pedazos sueltos de tela se enroscaban en mis piernas y me trataban de quitar, sentí horrible, el terror me dominó y empecé a gritar y a patear para quitármela de encima; ha sido una de las sensaciones más desagradables que he tenido en sueños.

Katia me despertó.

-¿Qué te pasa?- Me dijo preocupada.

-Tuve una pesadilla bien chida- hablé pensando ya en que algún día me podría servir como inicio para empezar un cuento, novela o algo por el estilo.

-¿Cómo que bien chida, si era una pesadilla? Estaba gimiendo y me pateaste.

¡Ups!

Me justifiqué –Es que la pinche vieja se me quería enrollar en el pie-, y entonces le conté el sueño.

Luego Katia me contó lo que pasó antes de despertarme. Resulta que ella tenía frío en los pies, me los acercó para calentarlos, ¡y que la agarro a patadas!

 

Eso me recuerda que una vez mi tía Lola, hermana de mi papá, soñó que se moría mi abuelo y gritaba que por qué, y se tiraba en la tumba y arrancaba el pasto haciendo un mega drama, hasta que mi tío Memo la despertó porque le estaba jalando el cabello.

Pobre de mi tío, tan poquito que tiene y su esposa arrancándoselo.

Lo ambiguo de las ninfas

Lo ambiguo de las ninfas

Seis treinta de la mañana, Katia se está cepillando el pelo y se hace un chongo de enfermera mientras yo me aplico mi ración de gel en el pelo para hacerme mi peinado-despeinado sin la necesidad de utilizar peine. Está el noticiero matinal de TvAzteca y aparece la Hija de Salinas Pliego, Ninfa Salinas; su nombre activa mi imaginación y empiezo a decir tonterías: -Mejor ella debería ser familiar de Memo Del Bosque, así se llamaría Ninfa Del Bosque- y me sigo con mi sarta de bobosadas, hilando una tras otra, que para eso me pinto solo.

Mi esposa, serena y sin siquiera quitar la vista del espejo me pregunta: -¿Ninfa? ¿Las ninfas son putas?... Ah caray, me pasmo, no por la palabra altisonante, sino por el cuestionamiento. Analizo la información recopilada a través de los años y le respondo -Sí, pero de los dioses.

Creo que en la tierra hay algo parecido, pero les dicen escorts, y son carísimas. Pero mejor investiguemos.

Según la Real Academia Española:

(Del lat. nympha, y este del gr. νύμφη).

1. f. Mit. Cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas, etc., llamadas con varios nombres, como dríada, nereida, etc.

Mmmmm, muy ambiguo.

Veamos Wikipedia

En la mitología griega, una ninfa (en griego antiguo νύμφα) es una deidad femenina menor de la naturaleza, típicamente asociada a un accidente geográfico o lugar concreto, a pesar de lo cual eran designadas por el título de olímpicas, convocadas a las reuniones de los dioses en el Olimpo y descritas como hijas de Zeus. Diferentes de los dioses, las ninfas suelen considerarse espíritus divinos que animan la naturaleza, y ser representadas en obras de arte como hermosas doncellas, desnudas o semidesnudas, que aman cantar y bailar; poetas posteriores las describen a veces con cabellos del color del mar. Se creía que moraban en la tierra: en arboledas, en las cimas de montañas, en ríos, arroyos, cañadas y grutas. Aunque nunca mueren de viejas o por enfermedad, y pueden engendrar de los dioses hijos completamente inmortales, ellas mismas no son necesariamente inmortales, pudiendo morir de distintas formas.

Connotaciones sexuales

Debido a la representación de las ninfas mitológicas como seres femeninos que mantienen relaciones con hombres y mujeres a voluntad, y completamente fuera del dominio masculino, el término se aplica a menudo a quienes presentan una conducta parecida.

El término «ninfomanía» fue creado por la psicología moderna para aludir al «deseo de mantener relaciones sexuales a un nivel lo suficientemente alto como para considerarse clínicamente relevante». Debido al uso generalizado del término por parte de profanos y a los estereotipos asociados a él, los profesionales prefieren actualmente el término «hipersexualidad», que además puede aplicarse tanto a hombres como a mujeres.

La palabra «nínfula» se usa para aludir a una muchacha sexualmente precoz. Este término fue popularizado por la novela Lolita deVladimir Nabokov. El protagonista, Humbert Humbert, usa la palabra incontables veces, normalmente en alusión a Lolita.

...

Pues a fin de cuentas, creo que la respuesta sería sí, pero sin cobrar... ¿Pero si no cobran, son? Uta, voy a investigar, esperen.

Según la Real Academia Española:

prostituto, ta.

(Del lat. prostitūtus).

1. m. y f. Persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero.

...

No, pues aquí no hay ambiguedad, todo está muy claro, y además, restriega por el suelo mi teoría conjuntiva anterior de las ninfas-escorts.

Entonces no son, pero bueno, mejor que cada quien decida, porque lo que creo que sí es muy ambiguo, es el término "puta". Se puede usar para denigrar, insultar, como expresión de júbilo o de dolor, con aumentativo o con diminutivo y en varias significancias populares más.

Cosa de rimas

Cosa de rimas

En una noche de esas locas en las que mis compañeros de trabajo decidieron un viernes irse de parranda, al momento de despedirse ya a altas horas de la madrugada, Juan José, parando frente a la entrada del antro y ya con ánimos de irse directo a dormir, dijo:

-Bueno, pues aquí se rompió una jerga y cada quien para su casa.

Y Libertad toda indignada por la falta gramatical y de contexto de la frase, tomada del brazo de su marido, volteó a verlo toda digna y le dijo con tono sabiondo -Ay Juanjo, eso ni rima.

Intercambio navideño

Intercambio navideño

Diciembre de 2010

En uno de esos intercambios navideños del trabajo, en los que tú mismo escoges las opciones de tu regalo y se establece el rango a gastar (Doscientos pesos), nos encontrábamos a gusto repartiendo los regalos, ya saben, botellas, suéters, bufandas, libros, películas, etc. y acontenció lo siguiente.

Para empezar a contar esto debo retroceder unos días en el tiempo, al momento en el que se repartieron los papelitos, todos tomaron sus opciones y ya saben, las risas, las miradas misteriosas y por supuesto, las inconformides. Resulta que Diana y José tenían un pleito casado enorme, de esos que hasta a ti te incomodan cuando estás cerca del nuevo agarrón del día, y pues a Diana le tocó darle regalo a José. No me lo dijo directamente, pero su expresión fue la que informó todo. 

Después, ahora sí, directo, me dijo con cara de sufrimiento -cámbiame tu papelito-.

Estuve a punto de hacerlo, ¿pero entonces dónde habría quedado la diversión?, y no se lo cambié. Pensé que tal vez alguno de los otros compañeros la harían, pero no fue así. ¡Maldosos los amiguitos!

Llegó el día del intercambio y pusimos todos los regalos en una mesa, todo bien navideño, bieeeeen bonito, como dice la misma Diana, y empezó todo el guateque, yo por supuesto recibí un libro (siempre pido libros), hubo suéters, chocolates, otros libros, botellas, películas, etc, y más o menos por la mitad del intercambio le tocó a José entregar su regalo. La verdad se esmeró Josecito, dio su obsequio, su abrazo y todos muy contentos, muy felices, hasta que le tocó a Diana...

-A mi me tocó darle a José- Dijo toda malhumorada, -pero no me dio tiempo de ir de compras-. Y le entregó un billete de doscientos pesos hecho rollito. Se hizo un silencio pesado, yo no sabía si reírme, porque la cara desencajada de José sí estuvo melancólica, se vio que le dolió, y después llegó el enojó, se puso morado, mucho, porque como es negrito es más difícil notarle los calores en el rostro, y se le notaron cañón. ¡Corajote que hizo el muchacho! Nomás se quedó mirando el billete y Diana se fue a sentar a su lugar como si nada.

Pasaron los que faltaban y siguió la fiesta, pero se sentía el ambiente tenso, sobre todo si volteabas a ver a José. Al final quedaba un sólo regalo en la mesa y todos empezaron a preguntar que quién faltaba. Entonces Diana tomó el regalo y dijo -Este es el de José-. Yo solté una carcajada gigante que ya traía reprimida, todos se rieron con ganas. La verdad Diana se rifó el físico con la broma. Estuvo buenísimo todo el proceso.

José se puso tan contento que hasta le regresó su billete de doscientos.

Confiado

Confiado

Hace muchos años, en el trabajo, un compañero, Ramón para ser más específico, dejaba sus entremeses en un cajón de su escritorio, y es que ¡ah, como aprieta el hambre entre comidas!

Bueno, guardaba galletas, dulces, y sus favoritos Churrumais, su cajón era todo un arsenal; su lugar estaba frente al mío, así que podía verlo directo. Un día llegó decidido a comerse sus deliciosos Churrumias con limoncito y al sacar la bolsa se detuvo extrañado, palpó la envoltura y la abrió muy despacio; alguien se había comido sus frituras pero amablemente le dejaron una nota, él la abrió despacio y leyó, se puso rojo de coraje, pero al instante lo tomó con humor y esbozó una sonrisa, le pregunté qué pasaba y me mostró la nota. Decía: Gracias. Yo me reí mucho, se me hizo buena puntada y como además soy bien burlón, pues confieso que lo disfruté. Bueno, en general a todos los compañeros, entre ellos el maldoso tragón, les pareció gracioso.

Pasó el tiempo, tres semanas supongo, y Ramón seguía con su hábito, llegó, se sentó en su lugar, metió la mano al cajón y al sentir apretó los ojos, se puso rojo e hizo cara de "no puede ser, otra vez estos $%/%&·/·&&·)/ me dieron vuelta". Sacó muy despacito su bolsa de Churrumais, abrió la bolsa vacía, pero eso sí, llenita de aire, y sacó una nota. Decía: Gracias otra vez.

En la tortería

En la tortería

Hay veces, por lo regular los viernes, que mis compañeros del trabajo quieren salir de los habituales comedores para probar algo diferente. Un día de esos fuimos a una tortería que está cerca; lo primero que hicimos fue ver el menú, torta Tyson, Cubana, Marciana, Petrolera, y muchos más nombres raros, pedimos cada quien lo que nos íbamos a comer, yo pedí una Marciana, porque llamó mi atención el nombre y además se leía buena, lleva salchicha, pierna, chorizo, quesillo y milanesa, además ¡cuesta 25 pesos!
Al lado de nosotros estaban personas de otra empresa que fueron juntas a comer y cuando se empezaron a retirar le dejaron el dinero a una señora para que ella pagara, se quedó muy tranquila platicando con una amiga; yo estaba muy cerca de ellas.
Cuando ya se iban, le pidió a la mesera que le diera la cuenta, ella empezó a preguntarle lo que se habían comido y tachaba en su lista.
-¿Cuatro tacos de bistek?
-Sí.
-Una Cubana.
-Sí.
-Una Suiza.
-Sí.
-Una Petrolera
-Sí. ¿Cuánto es?
Entonces la mesera se le quedó mirando dubitativa y le preguntó:
-¿Y la Marciana?
La señora lo pensó un momento, le pasó el brazo amigablemente por la espalda a su compañera y dijo:
-Ella ya comió. Gracias por preguntar.
Los que estábamos cerca nos reímos con ganas.

En realidad la Marciana ya la habían pagado antes. Así que debía estar fuera de esa lista.

Cosas del transporte público

Cosas del transporte público

Viernes 13 de mayo.

Será porque es viernes 13, pero no sé si lo que escuché hoy fue de terror o de risa.

Dice un muchacho como de 20 años que iba parado junto a mí en el metro, que lo picó un insecto, parecía una hormiga pero no era, entonces le salieron ronchas en los brazos, se durmió y cuando despertó ya no las tenía, pero "le dolían los brazos como si le dolieran". O sea...

Y en el microbús una señora indignadísima le iba contando a su comadre que la maldita maestra de su hijo, cuando les revisa trabajos y exámenes les califica la ortografía y por eso va a salir muy bajo de calificaciones. Y dijo "No estoy de acuerdo para nada, pues ni que mi’jo estuviera en la primaria". 

Casi me río en frente de la señora.

No cabe duda que el transporte público es una fuente de ideas e inspiración.

Como ensartar al baquetón o del Cerdito rojo

Como ensartar al baquetón o del Cerdito rojo

Baqueta: persona insolente, descarada (según la Real Academia Española).

 

Ensartar: Coger, humillar, chingar (según yo).

 

Jueves 7 de abril.

 

Veníamos de un ensayo de Sebastián para su examen final de la escuela de actuación y nos subimos al metro en Buenavista, eran más o menos las 7 de la noche, o sea la hora pico, y pues ya sabrán, como es la primera estación de la línea, al abrir las puertas parece reja de rastro, liberada para que los cerditos salgan a comer tortillas duras; todos se avientan, muerden y meten cuerpo cual tacle de la NFL. Nosotros entramos después de todos estos animalitos, bueno, nosotros y las mujeres, porque como todos sabemos, los "cerditos que alcanzaron tortillas (asientos)" fueron puros del género macho.

 

La cosa quedó así, el vagón era de los que traen los asientos dobles espalda con espalda y uno individual, de los que tienen el letrerito con dibujos indicando que el asiento se seda a mujeres embarazadas, ancianos y no sé que más... Bueno pues los animalitos mágicos, se sentaron y se durmieron. ¿A poco no es magia la forma en la que ganan el lugar y después del momento de adrenalina, de inmediato se quedan dormidos? (Eso sí, con un ojo abierto, no sea que llegue un predador mayor) Entiéndase como predador mayor a una viejita, mujer embarazada, etc.

 

Yo iba parado en medio del pasillo, donde se unen los asientos dobles espalda con espalda, cargando a Iñaki, que influenciado por la sustancia mágica-dormilona del metro, se me quedó dormido en el hombro, luego iba Katia, Sebastián entremetido en el espacio que dejan las piernas (o patas) de los "dulcesueños", y junto a él una señora embarazada, con la espalda resguardada por su esposo.

 

Pensé en la pocamadrés de estos bueyes (perdón: cerditos) que teniendo a la futura madre en frente y habiéndola escaneado con el "ojo atento", ninguno se hubiera levantado para darle el asiento... Digo, yo traía cargando a mi hijo, y mi recorrido fue de 15 estaciones, pero obviando la mentalidad de los animalejos, me dije, bueno, pues ya me chingué, a cargar al chamaco, ¡pero la embarazada!, ahí si que no mamen los bueyes... Ah, perdón, los cerditos.

 

Entonces, después de como diez estaciones recorridas, y de ir todos apretujados porque además el tren iba hasta la madre de gente, me reclamó el cerdito rojo que traía junto a mí, todo indignado el idiota -Me viene ensuciando el niño-. Yo ni me había dado cuenta, porque venía más preocupado por contener el peso de Iñaki, y de los demás que venían recargados en mí, pero Katia de inmeditato le respondió toda agresiva -Pues que no ves que viene dormido el niño-. Entonces Salvador (O sea yo) intervino, todo educado el muchacho, y dijo- Discúlpame amigo, no me había fijado, pero si te paras y le das el lugar a la señora embarazada, ya no te vamos a ensuciar más-. Y en mi favor (porque el cerdito rojo estaba re grandote y fuertote) la gente se carcajeó, lo que supongo lo retuvo. No me esperé esa reacción del público, la verdad yo lo dije lo más irónico que pude, pero no esperé que la gente reaccionara. Entonces el cerdito rojo se levantó, pidió disculpas y todos felices...

 

¡No es cierto! nomás vi su geta de odio por el reflejo de la ventana, por donde me venía echando ojos de pistola, y yo, tan amable, le sonreía; se hizo un poco para adelante para que no lo tacara el tenis de Iñaki y siguió sentadito el hombre... Ah que la... El cerdito pues.

 

¿Qué orilló a este pedejete a llevar a cabo un acto tan estúpido como reclamar esta situación? Seguramente la poca educación y cultura machista mamada en su casa. Obvio tuvo una madre golpeada que nunca se atrevió a contradecir al monigote del padre y mucho menos a darle buenos modales al hijo.

 

Por supuesto que el cerdito rojo, de ahora en adelante llamado "pendejete" por su acto que lo degrado en la escala unos peldaños más, dejándolo todavía abajo de los niveles de idiota, macho, burro, retrasado mental (ojo, no dije Síndrome de Down, sino retrasado mental), indio (ojo, dije indio, no indígena), naco y anexas, tuvo que soportar por su poca educación la risa de muchas personas durante todo el viaje, porque cuando nos bajamos, todavía estaban unos chavos que no dejaban de reírse de él, pero eso sí, ya pudo sentarse muy cómodo.

 

Yo, en su lugar... Bueno, en primera no lo hubiera hecho... Yo en su lagar, me hubiera aguantado el piecito del niño o simplemente me levantaría, pero lo dicho, la educación pobre del pedejete no lo dejó ver lo que podría avecinarse de una simple respuesta educada (pero muy mordaz) a sus malos moditos de pedir las cosas.

 

¡Es que lo pienso y lo pienso y no lo puedo creer! ¿Cómo se atrevió el pendejete, viendo la situación?

 

 

Fuente de la Revolución

Fuente de la Revolución

Jueves 31 de marzo

Fui a recoger a Katia al Teatro de la República, ese que está en la calle de Antonio Caso, porque tuvo funciones de "Griegos". Nos quedamos platicando un rato, parados en la calle, Alejandro, Liset, y nosotros dos, después nos despedimos de Alejandro y caminamos hacia el metro Revolución, y de paso buscábamos un lugar para comer algo, entonces, al atravesar el Monumento a la Revolución vimos encendidas unas fuentes que salían del piso, así nomás, de repente.

Está muy padre porque en el caso de andar turisteando por ahí (como nosotros), te toma de sorpresa, porque ni división hay, no se ven tubos, nada, o sea que hasta puedes quedar en medio del espectáculo si tienes la mala suerte de ir pasando por ahí cuando las activan. La verdad toda la remodelación de este monumento quedó muy bien.

Bueno, la cosa es que salen chorros que llevan un ritmo, a veces rectos, a veces se esparcen como regadera de jardín, y salen con distinta fuerza, ves chorritos, chorrotes, chorrillos y chorros, y además están alumbrados, también desde el piso, con luces de colores; Bueno, se pone requeté bonito, pues... Por cierto, la foto la tomó Liset, no les digo que andábamos turisteando; tomo otra de las fuentes, a ver, si luego me la pasa.

Y todo este espectáculo, engalanado por una jauría de niños y adolescentes que corren semiencueraditos a través de la fuente (no les digo que está rete bonito el chow). Y ya cuando nos íbamos, alcanzamos a escuchar a uno de esos jóvenes dicendo -Que mala onda que no hayan puesto tendederos.

Hay que mandar una queja al Gobierno Federal. ¿Cómo no se les ocurrió?

Pa pal americano mecsicano

Fuimos de fin de semana a Oaxtepec porque cumplió años Tania, la esposa de Alfredo, y nos invitaron a pasar tres días en una casa que rentan de vez en cuando.

El sábado temprano decidimos ir a desayunar al mercado porque querían comer cecina y mientras le entramos a hincar el diente, empezó a tocar La Chapulina (la verdad no me di cuenta si estaban tocando antes, pero la música me llamó tanto la atención que noté su existencia). ¿Como se que se llamaban La Chapulina? Porque nos dieron su tarjeta. Katia fue a grabarlos con el celular y este video fue el resultado.

El acosador

El acosador

Era muy temprano y yo estaba esperando el metro en la terminal de Ciudad Azteca, ahí se llena a muerte el andén, y todos los “caballeros” se arremolinan a la puerta para entrar y ganar un lugar, obvio dejan a las mujeres al final, y todo a base de empujones.

Esto es toda una experiencia para los observadores sociales, de verdad, un día fíjense en todas las barbaridades que ocurren en un momento de estos.

Se abre la puerta y ¡arrancan! Todavía no se detiene el metro y la bola de gueyes ya está pegándose a la puerta, y avanzando arrimados a ella mientras termina de detenerse, pero toda la situación es muy, pero muy cordial, porque nadie mete codazo traicionero, todo es acá bajita la mano y permitido.

Entran corriendo como estampida de bisontes (chocando entre ellos y rebotando), y falta poquito para que algunos, los más desinhibidos, se avienten como beisbolista llegando de safe a tercera base para ganar lugar. Luego, ya con tranquilidad, entran las mujeres embarazadas, ancianos y niños.

En automático, la mayoría de los que consiguieron lugar cierran los ojos, cuelgan la cabeza y se duermen, claro que de vez en cuando abren un ojo y miran a su alrededor, supongo que para vigilar que nadie les espante el sueño.

Ese día en especial, entré tranquilo, cuando ya el zoológico había apaciguado su furia, y me di cuenta que una amiga estaba en el mismo vagón que yo. Obvio parada. entonces mi maquiavélico sentido de la maldad funcionó a toda velocidad y me empujó hacia ella, aunque yo no quisiera, debo aclarar, pero la maldad es más fuerte que yo.

Martha iba agarrada del tubo superior, el de arriba, en el argot futbolero, del travesaño, muy pegadita su mano ahí, donde las arañas hacen su nido, en el mero ángulo pues, y yo puse mi pécora mano junto a la suya y con mi dedo menique rocé muy sugestivo el de ella, entonces sentí su tensión y esperé a que volteara enojada y me dijera todas las groserías de su repertorio antes de reconocerme, y luego reírnos e irnos platicando todo el camino (eso es lo que pensé que iba a pasar, pero no). Su reacción fue quitar un poco su mano y ponerse toda nerviosa, entonces mi angelito del hombro me dijo que le hablara y todo se acabaría, pero mi diablito que se brinca de hombro, le sorrajó un guamazo en plena mollera al angelito y me dije ¡sígueleeee, sígueleeee! Y yo, pues le seguí.

Esperé un minuto más a menos y lo volví a hacer, lo mismo, luego me atreví más y le rocé toda su mano con mis dedos, y nada, nomás se hacía más chiquita en cada contacto. ¡Lo increíble es que no me decía nada! No me volteaba a ver, no hacía ningún aspaviento, nada de nada. Así me la pasé 7 estaciones hasta que tuve que bajarme, me aguanté la risa, porque vaya que aguanté la risa, no podía creerlo. al final, antes de bajarme, le toque su mano desde sus dedos y recorrí suave la mano por su brazo, ¡y nada! Me bajé del metro, todavía me quedé esperando a ver si volteaba para identificar al pervertido, pero ¡nada!

Cuando regresé de trabajar, ella estaba platicando con mi hermana afuera de mi casa, me quedé con ellas y empecé a sacar el tema de los mugrosos esos que se la pasan toqueteando mujeres en el metro y Martha empezó a contar su aventura matutina. Yo me reía y me reía, y nomás me veía feo, hasta que ya no aguanté y le dije que había sido yo. Me gané un chingadazo en el hombro. Valió la pena. Me divertí mucho.